Transcribimos este interesante artículo publicado en El Economista Suplemento el 21-04-2018.

El porcino español se ha convertido en un referente internacional, pero los productores ven cómo los proyectos de nuevas granjas son objeto de intensas campañas a pesar del cumplimiento de la normativa ambiental y de bienestar animal más estricta del mundo.

El sector defiende la sostenibilidad de un modelo que ha crecido bajo la estricta lupa de una normativa europea que no tiene parangón en el mundo en cuanto a exigencias en materia de legislación ambiental o sanidad y bienestar animal.

Miguel Ángel Higuera, director de la Asociación Nacional de Productores de Ganado Porcino (Anprogapor) rechaza de inicio el término “macrogranjas” con el que se está intentando identificar a las nuevas explotaciones que quieren instalarse. “Es un término marquetiniano que pretende denigrar el trabajo de los productores, pero es que además el sector porcino español es el único del mundo que hace ya 18 años que decidió que no quería tener granjas de gran tamaño”, señala.

Se refiere al decreto 234 aprobado en el año 2000, que limita tanto el número máximo de animales por granja como las distancia mínimas entre ellas y a los núcleos urbanos. Esta normativa fija en un máximo de 864 UGM (unidad ganadera mayor) las que puede haber por instalación. En función de la tipología, esas UGM se trasladan a un número de cabezas. Por ejemplo, si son madres en producción de lechones de 6 kilos el máximo son 3.500 o si son lechones de 20 kilos el tope son 2.800. “Hablamos de macrogranjas cuando se superan los 10.000 animales, que se dan en Alemania, Asia y principalmente Estados Unidos”, añade Higuera.

Juan José Díaz, productor de porcino en Cuenca y representante de Asaja en la Interprofesional del Porcino de Capa Blanca (Interporc), recuerda que el incremento del tamaño de las explotaciones fue para dar respuesta a las demandas del mercado. “Para que hubiese trazabilidad, los mataderos exigían lotes grandes para eliminar el riesgo de contaminación cruzada que puede producirse con muchas partidas diferentes en las cámaras”.

Díaz recuerda que fue a partir de entonces cuando el sector aceptó autorregularse para lograr un crecimiento controlado. “Yo tengo dos núcleos y los tengo que tener separados, lo que significa un incremento de costes porque necesitas dos equipos de trabajo distintos. La limitación fue muy positiva en términos de sanidad animal, de gestión de purines…”, afirma. Y añade: “Si queremos hacer granjas sostenibles, y desde la ganadería se han hecho muchos esfuerzos, hay que tener en cuenta la rentabilidad. Nadie va a estar en esto porque sea muy bonito ver tres animales sueltos por el campo. Si económicamente no es viable nadie va a estar ahí. Hay que ser serios y sensatos”.

Uso de recursos naturales

El excesivo consumo de agua de las granjas de porcino es una de las acusaciones que utilizan los detractores del porcino. Juan José Díaz explica, sin embargo, que dentro de la evaluación de impacto ambiental que hay que hacer por poner en marcha una granja, se establecen unos consumos de agua, “que están muy ajustados y deben ceñirse a las autorizaciones de las Confederaciones Hidrográficas”. Eso obliga a medidas de autocontrol y a instalar contadores sectoriales.

Díaz recurre además al criterio comparativo. “Sin querer dañar al sector agrario, ves que hoy en cualquier zona con riego de cobertura tienes un consumo de entre 5.0000 y 7000 metros cúbicos por hectárea. Con 864 UGM te adjudican hasta 35.000 metros cúbicos. Es decir, con el agua que consumes seis hectáreas mantienes una instalación en la que puede haber 14 personas trabajando. ¿Es un consumo irracional de recursos? Depende con qué lo midas, eso ya va en cuestión de opiniones”, afirma.

Suelo radiante

El bienestar animal es otro de los argumentos recurrentes contra las granjas de porcino. El representante de Asaja en Interporc, Juan José Díaz, asegura que el sector “nunca puede dar la espalda a las personas de buena fe que quieren aportar ideas para mejorar y estamos abiertos a ello”, pero recuerda los esfuerzos que ha hecho el sector durante estos años. En 2013 culminó el plazo para adaptase a la normativa europea aprobada 10 años antes que ampliaba a dos metros cuadrados el espacio para que las madres de cría pudieran andar libremente. “Muchas explotaciones tuvieron que cerrar porque no pudieron adaptarse”, afirma. Ahora, las granjas tienen procesadores para controlar el calor y la humedad. Se utilizan materiales de PVC tanto para la comodidad de los animales como para una limpieza fácil. “Yo tengo suelo radiante para los lechones o calefacción con agua caliente, ventiladores controlados por ordenador”, asegura, antes de apuntar que los piensos que se utilizan son de primera calidad “controlado con inspecciones muy habituales en las que se cogen muestras para demostrar que comen productos únicamente naturales, como maíz o cebada”.

Miguel Ángel Higuera, que defiende la importancia del porcino para la supervivencia del mundo rural, desmonta también otro de los mantras contra la instalación de las explotaciones de mayor tamaño, la contaminación ambiental. “Las granjas de más de 750 cerdas tienen que cumplir la normativa europea de emisiones industriales (MTD´s), algo que las pequeñas están exentas de cumplir. No entendemos la oposición a estas instalaciones”.

Igual de estricta es la legislación en materia de purines. “Los proyectos de las nuevas instalaciones incluyen tratamientos de separación de líquidos y sólidos de purines y sistemas de gestión. Con la normativa medioambiental que hay, si una granja tiene un problema de contaminación de capas freáticas, aunque sea por causas externas, es infinito el número de cosas que tiene que hacer para devolverlo los niveles a su estado original, con análisis constantes. Y con los niveles de inversión que exige montar una explotación no nos podemos permitir hacer las cosas mal”, afirma.

A pie de campo, Juan José Díaz defiende no sólo la gestión sostenible de los purines sino el beneficio que aportan a la agricultura. “La legislación te obliga, a partir de 100 ó 120 UGM a pasar una evaluación ambiental en la que debes especificar que tienes tierras suficientes para aplicar las basuras que generas. Con tantas cabezas vas a producir tal cantidad y necesitas tantas hectáreas. Y cada año tienes que explicar donde las has aplicado”.

Oler, huele

Los purines, afirma Díaz, son además un “beneficio” para la agricultura “que yo no concibo sólo con abonos minerales porque las tierras necesitan materia orgánica. Y la basura de cerdo está muy demandada”. Sí reconoce la generación de olores. “Trabajamos con animales y en las granjas es evidente que sí huele. La legislación te obliga además enterrar los purines después de 24 horas de aplicarlo. Pero vivimos en el medio rural y mis granjas están a 10 kilómetros de cualquier núcleo urbano”.

En España hemos dado con la tecla y eso incomoda
Miguel Ángel Higuera explica la intensidad de las campañas contra el porcino en España en el éxito de su modelo. “Hay una serie de grupos que están en contra del consumo de carne y van buscando que desaparezca la ganadería en Europa. Pero ven que hay un país que lo está haciendo mejor que el resto. Somos el foco del ataque porque somos el ejemplo claro de que se puede hacer una producción ganadera sostenible y estamos abriendo la vía para que el resto de los países europeos sepan por dónde hay que ir. Hemos dado en la tecla y eso incómoda”.

FUENTE: El Economista Suplemento del 21-04-2018